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Autor: Daniel Baquero*

En octubre de 1917, con la revolución que llevó al poder a Lenin, empezó la travesía socialista a gran escala. Hoy, cien años después, lo que fue el inicio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se mantiene como uno de los hechos más relevantes del siglo XX, no solo por su importancia histórica, sino porque su legado totalitario y arrollador ha sido muchas veces opacado por otro regímenes como el Nacionalsocialismo en Alemania o el Fascismo en Italia.

En este sentido, conviene repasar un proceso que se propuso, entre otras cosas, superar a las economías más desarrolladas de la época. Sin embargo, ¿qué tanto difirieron los avances económicos de sus planes originales? Y, sobre todo, ¿cuál fue el precio que pagó la sociedad de la época para alcanzarlos?

Los primeros años después de la Revolución de Octubre fueron turbulentos para el Gobierno liderado por Lenin. Las secuelas de la guerra civil ejercían todavía un efecto sobre un país que buscaba una identidad alejada de la Rusia de los Zares.

leninLa conformación de la URSS en 1922 formalizó el proyecto detrás de la revolución de 1917. La muerte de Lenin y el ascenso de Stalin en 1924, sin embargo, fueron dos hechos que concentraron aún más el poder del partido, y por ende del país, en un solo individuo.

La idea de industrializar la economía se volvió rápidamente en uno de los puntos clave en la política de Stalin. La idea era clara: superar a los países más desarrollados con el objetivo de mostrar que el modelo soviético era superior, en todo sentido, al resto de países. Para esto, había que dejar la economía agrícola y enfocarse netamente en la producción industrial. Así, llegaron los planes quinquenales y, con ellos, también las primeras olas de terror.

El primer plan quinquenal rigió entre 1928 y 1932. Es decir, coincidió con la Gran Depresión que golpeó a las economías occidentales en 1929 y se extendió durante la década de los 30.  Durante los primeros años de depresión, justamente, las tasas de desempleo alcanzaron niveles que no fueron superados ni siquiera durante reciente crisis de 2009.

Mientras las economías desarrolladas sufrían su peor recesión, la economía de la URSS, enfocada en su mercado interno, no  enfrentaba efectos significativos de la crisis internacional.

En este contexto, arribó el segundo plan quinquenal, 1933-1937, que se centró principalmente en la industria pesada. Los importantes resultados, a pesar de ser ineficientes e insostenibles, permitieron crear un espejismo de crecimiento económico en un mundo deprimido, dividido y sin recuperaciones sólidas, durante la primera parte de la década de los 30 (Gráfico 1).

Gráfico 1
PIB per cápita en países seleccionados (1928=100)
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Fuente: Maddison Project.

 

Esto llevó a Stalin a proclamar el éxito de su modelo. Sin embargo, los resultados en el corto plazo no son una referencia adecuada para establecer el éxito o no de un modelo económico. De hecho, es el sostenimiento del mismo en el largo plazo lo que revela sus verdaderos aciertos y falencias.

Antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial y específicamente desde 1938, el crecimiento de la URSS ya empezaba una franca desaceleración, evidenciando sus problemas internos, ligados especialmente a las ineficiencias y desequilibrios del modelo. En contraste con otras economías como la estadounidense y la alemana que empezaban a recuperarse, aunque por razones totalmente opuestas.

Paralelo al aparente éxito económico, empezaron las purgas en un régimen en el que se exterminaron millones de individuos. Los principales miembros del Politburó, que vieron el ascenso de Stalin al poder en 1924, fueron sistemáticamente reemplazados y eliminados casi en su totalidad previo al inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

De igual manera, cualquier sospechoso fue exterminado o enviado a los gulags e incluso la plana mayor del ejército fue arrasada por la ola de terror.

Justamente la falta de oficiales de alto rango capaces de liderar las tropas soviéticas en una eventual guerra con Alemania, fue una de las causas detrás del pacto Nazi-Soviético firmado en 1939.

Las muertes no solo fueron producto de las purgas, sino también de la falta de alimentos. Las hambrunas mataron entre 5 y 8 millones de personas. La colectivización de las granjas creó un espacio propicio para la escasez, mientras la industria crecía sin productividad.

No era importante el tema cualitativo, ya que los resultados importaban solamente desde un punto de vista cuantitativo, lo que creó un sistema plagado de estadísticas alteradas e ineficiente. El costo del crecimiento económico durante los dos primeros planes quinquenales, por tanto, fue alto. Y la guerra, con sus efectos, solo amplificó una tendencia negativa que se tornaría irreversible.   

Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcados por una batalla entre capitalismo y comunismo. La carrera nuclear y la conquista del espacio, son solo algunos de los terrenos en los que tuvo lugar esta pugna. El modelo en el campo económico, sin embargo, fue insostenible, lo que desembocó, junto con los problemas políticos internos, en la caída del muro de Berlín 1989 y la posterior disolución de la URSS en 1991.

El modelo económico no permitió cerrar, peor aún superar, la brecha con las economías más avanzadas después de la Segunda Guerra Mundial, que era uno de los principales objetivos de Stalin.

De hecho, con respecto al PIB per cápita de Estados Unidos, el PIB per cápita de la URSS se estancó e incluso descendió durante la década de los 80, manteniendo intacta la brecha de ingresos entre un país y otro (Gráfico 2).

En 1950, un ciudadano de la URSS tenía un ingreso promedio equivalente al 30% del ingreso de un estadounidense, cifra similar a la registrada en 1990. Es decir, no hubo avances en este aspecto en 40 años. Esto contrasta radicalmente con las experiencias de Alemania y España.

Como se observa en el Gráfico 2, a pesar de que la URSS, España y Alemania partieron del mismo nivel, para 1990, estos dos últimos cerraron la brecha con Estados Unidos y su PIB per cápita representaba 70% y 52% del PIB per cápita estadounidense, respectivamente.

Mientras los países europeos buscaron integración y nuevas políticas para alcanzar un crecimiento sostenido, a través de aumentos en productividad, la URSS se mantuvo fiel a su planificación que, erróneamente, fue tomada como exitosa durante los 30.

Durante esta época también existió represión, aunque no alcanzó la magnitud observada en los años estalinistas. No obstante, el número de víctimas, en este periodo, se contabiliza también en otros territorios fuera de la URSS.

Gráfico 2
PIB per cápita de países seleccionados (% PIB per cápita de Estados Unidos)
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Fuente: Maddison Project.

 

¿Es esto relevante para nuestra sociedad actual? Debería. Primero, porque los actos, errores y horrores cometidos en la URSS son opacados por otros casos de dictaduras que desaparecieron con el fin de la Segunda Guerra Mundial; y tanto la memoria como la manipulación colectiva puede ser frágil.

Segundo, porque el costo lo siguen pagando países que toman como referencia el modelo soviético y que han cambiado el nombre, pero que en esencia parten de los mismos principios. El avance de estos regímenes tiene detrás, entre otros aspectos, al incremento de la desigualdad dentro de varios países.

Es decir, un crecimiento económico que no ha sido inclusivo, junto con un progresivo descontento social, crean el escenario propicio para el ascenso de estos “modelos autoritarios”. Como dice Priestland, “puede ser que Lenin ya no viva y que el viejo comunismo esté muerto, pero el sentido de justicia que estuvo detrás de ellos sigue vivo”.  Sin duda, crear mejores condiciones es un reto para los países democráticos del mundo.

Tercero, la brecha entre lo planificado y los resultados fue enorme, rezagando a los países de la URSS con respecto a los países occidentales más desarrollados. En el campo político y social, quienes cuestionaron al régimen fueron perseguidos, callados y encarcelados. Incluso fueron más allá y exterminaron a personas inocentes. El terror fue una medida “preventiva”, una política de Estado.

Por lo tanto, el legado de la URSS, un siglo después, se mantiene vigente también en el control que ejercen ciertos Gobiernos sobre sus ciudadanos y que, aunque no reprimen en la magnitud observada durante esos años, aplican varios de los métodos desarrollados en esa época.

Finalmente, es preciso recordar que solamente el largo plazo permite evaluar los verdaderos resultados de un modelo o proyecto político. Cualquier logro que no resista ni se sostenga en el tiempo debe cuestionarse, más aún si este se da a costa de los principios democráticos de una sociedad. Y esa es, tal vez, la lección más valiosa que un siglo después nos deja la revolución de octubre de 1917.

*Magíster en Historia Económica por la London School of Economics.

 

Last modified on 2017-10-30

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